Esta semana me he permitido el lujo de zambullirme en la Costa Brava de los 60. En esa época la inocencia de nuestros paisajes era paralela al candor de los naturales, que entre la perplejidad y el vilumbrar un futuro mejor, dieron la bienvenida a un rio de gente, dinero y nuevas construcciones que cambiarían para siempre la geografía del lugar. Creo que para mal, aunque l’Empordà siga siendo - a mi modesto entender-, el mejor país del mundo para vivir.
Hay tres formas de viajar a los felices 60, en esta comarca: leyendo la Guía de la Costa Brava de Pla, paseando por las calles de Colera, a ser posible un día laborable o yendo a almorzar a “Can Panedes” (así, sin acento porque no tiene nada que ver con la comarca del cava). Yo, esta semana de junio, he probado las tres.
Lo tengo como libro de cabecera desde que un amigo, hace ya muchos años, me lo regaló. Es una edición de 1948, profusamente ilustrada que el tal amigo se encontró en el sótano de la casa que recién había comprado. “Guía de la Costa Brava” por José Pla.
El libro está escrito unos años antes, hacia 1944, y en él, Pla hace un viaje por un litoral virgen, donde no sólo no hay hoteles, si no que encontrar un lugar con agua potable o teléfono, ya es un lujazo. Describe lugares como Platja d’Aro o Lloret de Mar cuando eran pequeños núcleos de gente que vivía del mar y que no imaginaban lo que ocurriría con sus pueblos 30 ó 40 años después. Habla de playas y calas que él conocía muy bien y que, afortunadamente, siguen igual, como la Cala Estreta, en Palamós. Describe con la maestría acostumbrada una tierra y unas gentes que conoce al detalle. En algunas zonas son tan escasas las edificaciones que nos da el nombre de los propietarios y el arquitecto que diseña la construcción que domina algún paraje. Describe personas, anécdotas, datos históricos, hace sugerencias a los gobernantes -nunca escuchadas- y nos pinta una Costa Brava idílica, robinsoniana y polinésica, por usar dos adjetivos del propio Pla. Es una lectura refrescante y amena, mucho mejor que un documental en blanco y negro de la época.
La segunda forma de pasear por los 60 es acercarse a Colera. Colera está entre Llançà i el Port de la Selva, dos núcleos más poblados y turísticos. Sin embargo, Colera, no tiene edificaciones turísticas. Su urbanismo es razonablemente ordenado y sus casas tienen el color de la tramuntana. Predomina el blanco, pero no hay una uniformidad cromática. Todo está bañado por cierta dejadez, como si faltara una mano de pintura. Cuando llegas al pueblo la primera sensación es el silencio. Un silencio mineral, de roca pelada, de escasa vegetación que inunda los sentidos. Es la misma sensación que cuando te paseas por el Cap de Creus, ese silencio enigmático y estridente que te envuelve y te relaja, produciendo una sensación de bienestar infinito.
Entro en el primer café que encuentro. No se ha tocada nada desde hace más de 30 años: los anuncios de Coca-Cola, de cervezas, de café…todo sigue igual. En una mesa, cuatro vejetes juegan a la butifarra. El resto del local está vacio. Es amplio y para evitar el calor, está en penumbra. Cuando la vista se acostumbra a la poquísima luz del lugar parece que haya vuelto al local que mis padres tenían en Calella en 1965. La misma gente, el mismo olor, las mismas sensaciones…Tomo un café -aromático, fuerte, Cornellà- y salgo hacia el pequeño puerto que hay al final de la calle. Al llegar al mar, el color que predomina es el gris. La arena es pétrea, grisácea. Y de la misma piedra han hecho un pequeño puerto deportivo que durante el año está vacío. Ahora hay tres embarcaciones y supongo que el mes que viene se llenará de motoras y veleros.
De vuelta al lugar donde he dejado el coche paso por debajo del enorme viaducto de hierro que atraviesa Colera. Es el paso elevado del tren que acaba en Portbou. Tengo suerte y no pasa ningún tren. Dicen que el estruendo es considerable cuando pasa algún mercancias. Cerca de allí observo el patio del colegio donde algunos críos juegan distraídos mientras sus “señoritas” charlan animadamente, sentadas en los escalones de la entrada a las aulas. Pienso que dentro de cincuenta años, esos pequeños, verán la misma Colera, el mismo paisaje, las mismas rocas inermes que ahora descansan cerca del mar.
Por último, Can Panedes. En Llagostera, pero en la misma carretera que va de Calonge a Girona, justo donde comienza el desvío a Romanyà. Es un lugar fantástico. Sus paredes están decoradas con fotografías de los años 60 y 70, con vehículos de la época, con cazadores, payeses, turistas, lugareños.
El almuerzo es de los que resucitan un muerto: bacalao con sanfaina, ensalada a base de variantes, lechuga rizada y olivas, vino rosado muy frío y pan de barra crujiente y recién hecho. Café y copa de ron. Son las 10 de la mañana y el comedor está lleno. Hay mesas con ciclistas, motoristas, turistas y hasta una pareja compuesta de un lugareño entrado en años y una chica mulata -supongo que cubana- que no pasa de los veintipoco años. Bandejas de chuletas y costillas a la brasa, butifarras, galtas, conejo…La gente come insaciable y bebe de los porrones que los camareros han ido repartiendo por las mesas. Apuro mi copa de Pujol y marcho, mientras me doy cuenta que apenas he pasado de la tercera página de “La Vanguardia”. Observar, escuchar y hasta poner una historia en cada mesa es una manía que me viene de antiguo y aquí, en Can Panedes, es casi una obligación.
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